Mujeres, huertas y árboles se fortalecen en los ejidos de Guerrero

Las mujeres y la tierra
La sierra está dividida en numerosos ejidos: territorios autónomos donde las decisiones se toman en asambleas y los derechos sobre la tierra son colectivos. Nadie puede actuar por cuenta propia; todo se acuerda en comunidad, incluyendo el uso de la tierra y el manejo de los recursos forestales.
Quienes habitan en los ejidos se dedican en gran parte al manejo forestal comunitario, es decir, a los trabajos de extracción de madera, el traslado y el corte de madera en los aserraderos.
En muchos de estos ejidos, grupos de mujeres —a menudo acompañadas por sus familias— trabajan de forma colectiva en proyectos de reforestación y en la creación de huertos caseros. Estos ejidos forman parte de la Unión de Ejidos Forestales y Agropecuarios General Hermenegildo Galeana, creada hace más de 40 años como respuesta a una injusticia: las empresas extraían madera de los bosques comunales sin consultar a las comunidades que habitaban y cuidaban esos territorios. Para detener esa extracción y hacerse escuchar, varios ejidos se organizaron y fundaron la Unión.

La Unión de Ejidos forma parte de la Red Mexicana de Organizaciones Campesinas Forestales (Red Mocaf), y es a través de la Red que hoy, mujeres de diferentes ejidos reciben apoyo para fortalecer su trabajo. Un ejemplo, es el donativo de $30.000 que el Fondo Territorial Mesoamericano (FTM) destinó para apoyar a desarrollar proyectos de reforestación, huertos caseros y la constitución de grupos de mujeres organizadas.
Un pilar fundamental que promueve el FTM es el financiamiento directo con enfoque de género, lo que fomenta la independencia económica de las mujeres y el empoderamiento en la implementación de sus proyectos.
“Definitivamente en la parte de acá de la sierra a las mujeres no nos tomaban en cuenta para nada. Y ahora gracias a Dios ya nos están tomando en cuenta para muchas cosas. Siento que ya las mujeres también tenemos derecho de opinar y de decir sí o no a lo que nos están diciendo”, asegura Eloína Rentería, vecina del ejido de El Moreno.

Con ese financiamiento, las mujeres siembran árboles en las montañas y hortalizas en las huertas comunitarias, cerca de sus hogares. Araceli Díaz, forma parte del grupo de mujeres del ejido Bajos del Balsamar. Ella trabajó en la huerta de la comunidad en la que sembraron semillas nativas como repollo, calabaza, rábano, chile, tomate y otras más.
“Para nosotras, estos proyectos significan el sustento de nuestros hogares, porque vivimos muy alejadas de la cabecera municipal, que es de donde traemos todos los productos”, cuenta Araceli.
Con los recursos compraron malla para cercas, carretillas, aspersores, mangueras, grapas, martillos y palas. La construcción del huerto fue un esfuerzo colectivo en el que también participaron sus esposos, hijos, hijas y estudiantes de la comunidad.
“Pertenecer a Red Mocaf es valioso porque ahí se gestionan los proyectos internacionales, y eso nos permite ser beneficiadas como mujeres”, agrega Araceli.

Retos en los ejidos
A varios kilómetros de Bajos del Balsamar está el ejido El Moreno. Llegar allí implica recorrer caminos polvorientos, marcados por quebradas y deformados por huracanes que, en ocasiones, dejan incomunicadas a las comunidades durante días.
Ese no es el único desafío. Desde hace ocho años, los recortes presupuestarios del gobierno federal han puesto en riesgo la sostenibilidad de muchas organizaciones. Aun así, la Unión de Ejidos ha logrado mantenerse activa gracias a su modelo de organización comunitaria.
José Domínguez, brigadista contra incendios, explica que el financiamiento de los proyectos comunitarios es vital, ya que no pueden depender únicamente del aprovechamiento del bosque.
“No es obligatorio extraer madera, pero lo hacemos en pequeña escala para cubrir necesidades del propio bosque, como el financiamiento de brigadas contra incendios o de monitoreo. No es posible sostener un ejido solo con lo que da el bosque; se necesita apoyo externo”, afirma.
Las necesidades del bosque, como menciona José, no son pocas. Dentro del programa de manejo se deben realizar colocación de letreros, brechas cortafuegos, y asegurar la existencia de brigadas de combate de incendios forestales. Todo esto colabora a la conservación del medio ambiente y la conservación del agua.
Joaquín Núñez, de la Unión de Ejidos, considera un reto explicar a quienes no viven en los ejidos —y muchas veces tienen una idea equivocada sobre su labor— por qué es importante el manejo comunitario y responsable de los bosques.
“Estamos estigmatizados, criticados de que somos deforestadores, de que estamos acabando con el medio ambiente, que los ríos se están secando gracias a la explotación forestal y no es así. De hecho es todo lo contrario, aprovechar el bosque es una garantía de que se va a seguir conservando”, comenta.

En el ejido de El Moreno, Tamara Hernández sembró, junto al grupo de mujeres de la comunidad, media hectárea con árboles de diferentes especies, como quebrache, campicirán, cacahuananche, roble, tamarindo y caoba. En total, gracias al proyecto que apoya el FTM, se reforestaron 30 hectáreas. Pero con recursos de los propios ejidos y otros programas locales, lograron plantar en 80 hectáreas ese mismo año, en once ejidos distintos.
El día de la reforestación Tamara recuerda que llevó a sus hijos para que ellos vieran ‘lo que es sembrar una vida’. Pero también recuerda que se sintió importante, porque que botó una barrera.
“Eso fue como una meta que logré en mi vida, porque actualmente eso lo hacen los hombres, lo que nosotras las mujeres nunca lo habíamos hecho, ni yo como mujer, ni mi niña como una bebé. Me sentí bien en el sentido de que me sentí una persona muy importante, porque yo nunca había trabajado. Gracias a Dios me dieron esa oportunidad de sentir lo que es aportar en algo, en una comunidad, en el campo”, cuenta Tamara.

Los proyectos y programas que apuestan por incluir y dar participación efectiva a las voces de mujeres y jóvenes como Tamara, Joaquín o Araceli generan sin lugar a dudas, un impacto que va más allá, pues logra impactar e incluso transformar a toda la comunidad.
“El incluir jóvenes, el incluir mujeres te genera otra forma de pensar en la comunidad. Y eso es algo beneficioso para nosotros porque nos ha dado una organización ya diferente, inclusive también en el tejido social ya se incluyen pláticas donde en las reuniones participan las mujeres y se toman en cuenta ya para cargos que puede ser de comisario. Y eso es bien importante, eso nos ayuda y nos suma como comunidad”, resalta Antonio Arriola del Ejido Bajos del Balsamar.